jueves, 3 de mayo de 2012

Lo que

¿Qué es lo que buscas 
cuando
detenido por un viento
quedas
estremecido 
por el disparate de un pájaro?


Rescatas, claridad de medio día,
las cosas que se quedaron
olvidadas 
a medio camino
sin camino.


Las cosas, tus cosas, se llenan de ese olvido
que presientes
araña la raíz
de lo que
siempre ha estado
como 
perdido


Tus cosas guardadas dentro de otras cosas.
Tus cosas, en silencio, bajando la cabeza.
Y tú sientes


              (¿Lo sientes?)
que todo te perdona
que todo te lastima en clave de caricia
que todo te persigue
sonámbulo.
Íntegra sombra de tu sombra
despierta
en medio de la noche
temblorosa.
Pides silencio y renuncias
a la idea, a la sola idea,
de una palabra
sola
que redima
que destruya
la eternidad de tu ceniza
la primavera de tu escarcha.


Dime, ¿qué se calla cuando hablas
tan tímidamente
tan escasamente
de lo que se ha ido
de lo que
pasa
como
si no
(como un sino)
pasara nada?


Queda lo que queda.
La Nada en la que te
desorbitas. Eso queda.
Lo desenterrado para siempre.
Queda. El viento que se le escapó a la resta.
La espada y la pared, quedan.
La cifra, para ser exactos.
Queda.





Bosquejo del llover



El bosque. Decir el bosque. Hacer bailar los árboles. Proponer una música. Tallar la brisa. Ver un paisaje. Ver llover. Sin lluvia, pero con llover. Con ese llover que siempre ocurre cuando lenta, suave, tan hecha de minúsculos trozos de un aire que no pesa, me digo que veo llover. Me lo repito, junto a la ventana, que va a llover. Que voy a ver llover. Avanzar la idea de la lluvia antes de que. El aguacero siembre todas sus dudas. Lloverse sobre el llover.

Ver llover. Decir que veo llover. 
Hasta que llueva.
Hasta que lluvia.
Hasta que.
Hasta. 



domingo, 18 de marzo de 2012

Líneas

La música y el brillo
Abiertos por la noche
Tus pasos tarareando
Remolinos de colores
El alcohol
Me quema la garganta
Un improbable desierto
Me despierta por la noche

"Basta a cada día su propio mal"

Bajo las escaleras
Las manos apuradas
Buscando un cigarrillo
Y yo que nunca fumo
Me agarro de eso
Veo los árboles: fracaso vertical
Me compadezco de las ramas
Caídas en el piso
Ángeles dibujados
A fuerza de ceniza
Sombra de lápiz
Vértigo

El humo me pica los ojos
Sostener el cigarrillo
Sostener la fiebre
Sostenerse a uno mismo
Mientras se desinfla
Lo de adentro

¿Me visitan unas líneas?
No se puede precisar
El sentido de ello
Se me van revelando unos perdidos fragmentos
De tiempo
Seguidos del humo amigo
Las uñas olvidadas
Masticadas
Los bordes en llamas
Y las letras
Arden dentro de mi sueño 
Entro. Pulsa el cielo en la palma de mi mano.

Escribo.


viernes, 9 de marzo de 2012

Luzderama

El morir de las ramas, el aleteo roto de un pájaro cuando se acerca, la muerte del aguacero creciendo en tu garganta.

La luz te obliga a bajar la cabeza.

Las cosas no están en su sitio, pero. Los justos, los cansados, los felices, los que traen la risa amarrada al grito, entran.

Miro mis esquinas.

El martes llega con una delicadeza que me parte el alma. Ya no pregunto tantas cosas. Ya no me deslizo, frágil y violenta, por el borde de tu estatua. Los días y los trabajos. Los días y los trabajos repito como queriendo avanzar un milagro. Todo trabaja. Las hojas y el viento, el río y la tierra, la sombra y la palabra, tus hombros y el sol.


Claridad de desierto moliendo pupilas en la hora más triste del día. No pasa nada, y sin embargo. Todo se borra, todo se empequeñece, todo se muere un poco. Brillan tus ojos como el miedo, cargando una alegría desalmada. El paisaje se puebla de vacíos pequeños en donde todos echamos un poco de odio. La maledicencia se trasnocha en la frente de un niño. La culpa no es huérfana. La culpa es siempre de lo que va naciendo.

Siembras tu dolor
esfinge lenta
frente a la mañana.

Cae la noche antillana como un sombrero despiadado sobre mi casa en Atlanta. Cae la noche antillana debajo de este cielo en donde el viento, a veces, trae más viento. Cae la noche tropical en esta alcoba desde donde se ha visto nieve y remolino. Cae la noche sin pezuña, pero con alambre y con el recuerdo de lo que fue una montaña.

La mañana ya no adorna nada. Sales con el viento y la mirada plana: te buscas, ¿desolado? en la sordera de ese aire cojo que respira lluvia de ventana.


  

martes, 29 de noviembre de 2011

Trasfretana

el aullido del tren pasa
cerca de la noche
cerca de mis dos manos
pájaro cerrado en el crepúsculo
en la fatiga del crepúsculo

no hay aguacero
pero ese grito te lleva
al mismo sitio
donde la lluvia se te olvida

puntería frágil
tus ojos violentos
el peso de la tarde
mis ojeras borrosas
dos puntos graves
"la nieve ya no existe"

el tiempo como un asma
ave de paso

Los hombres antiguos toman nota cuando la mañana se desliza debajo de una puerta mal cerrada.
Los hombres antiguos y sus libros, perfectos  y vacíos.

una línea blanca
sobre una sombra seca
eso es el exilio

porque todo empieza en tren o en círculo violento

"se viene un aguacero"

¿todo empieza en tren?
¿todo acaba en punto de ceniza?

con fatiga y con crepúsculo

con frío
y con arruga




sábado, 12 de noviembre de 2011

la noche: piezas

los pasos metidos dentro de la noche/anoche/ cualquiera/ pasos ¿invisibles?/ pariendo flores blancas/debajo de la noche/ las horas del sueño se rompen/ los caminos, los de siempre, se agitan/ los pasos ahora/ arrastrando orillas/doblada tu mano en mi mano/ el árbol ensordece/ las hojas/ vivas/las hojas/ ahora en el suelo/ acostadas/ ahora las hojas/ más vivas que cuando/ aguantadas con miedo, y con ira/ sonríen/ adentro está la prisa/ afuera el frío/ ella corre/ afuera/ella/ el viento/ los niños con miedo/ mirando por la ventana/ la noche abierta/ la luna cerrada/ lo que brilla otra vez/ de espalda/ avanza el viento/ arrasa con todo/ pálpito/ desgarre colectivo/ nadie sabe lo que sé/ nadie/ escondidos todos/ debajo de las sábanas/ por qué/porque/ la noche/ las manos pequeñas/ sentadas en la otra orilla/ el juicio, tus ojos/ el papel, mis lápices/ robado el sueño/ sentada en la mesa/ delante del café/ el día sigue/ arrastra la noche/se arrastra/ ella/ aúlla/ ella/ que no es tarde/ no/ aquí nunca es tarde/ aquí siempre es temprano/ debajo del ruido/ tu voz en el balcón/ el gato que ya no existe se acurruca en mi falda/ humo/ ¿humo?/ tus dedos iluminados con esa llamita que se apaga/ balcón deshabitado/ ahora desolado/ hojas, palos, luces, la sombra enorme de un pájaro que no se deja ver/ la hojas, las ramas, el día oscuro abierto/ así/ de par/

en par/

la mañana. 

domingo, 6 de noviembre de 2011

es esa pena que uno va recogiendo en la calle, cuando ya es de noche, muy de noche, y no es el fin de semana, y todo es una penumbra de árboles apagados, y a lo lejos el reflejo de los televisores encendidos en esas casas que no son tu casa, pero que tú puedes ver, y que te devuelven a la sala de lo que un día fue tu casa, la casa, la única, te sacude. descubres que la soledad es eso: un televisor encendido a lo lejos visto, o ignorado, por otros que no son tú.
pero qué lejanía, y qué nostalgia tan fabricada esta de los televisores encendidos a lo lejos, y de las sombras de ellos, y de sus supuestas voces rodeando esa imagen que atraviesa árboles oscuros para llegar a ti, y decirte que ya no perteneces. que el universo te ha olvidado.
caminé sin prisa, con frío, las manos en los bolsillos. la bufanda y el viento. la llama del cigarillo no es como la llama que se sale de los televisores, pero uno se agarra de eso, y el camino comienza a enderezarse.
fueron 50 minutos de camino. las botas me rozaban las rodillas. hubo más televisores, pero yo ya no les dediqué, ni mi tiempo, ni mi pena.

lunes, 31 de octubre de 2011

sálvame, te dije, y apuraste el paso para el otro lado, esta vez miraste para el otro lado, tipo, qué cojones, para el otro lado, donde esa esquina tan íntima, tan tuya y tan mía, que se va quedando vacía, marchita como en flor la camisa desolada desde el balcón mirando con frío, te busca, me aleja, el angustiado puño que se cierra sobre la mesa, cifra antigua de besos y palabras ¿dónde? es que ya nada es como antes te digo y me sale la frase como un rasguño, como una alarma, tú te quedas, tan de piedra, tan de hueso y de ceniza, porque piensas - sé que piensas- que las cosas nunca fueron como antes y puede que tengas razón, siempre, carajo, termino dándote la razón aunque me quede bailando en un sólo pie condenada a un equilibrio tan precario, y te pido, ya cayéndome, ya casi casi en el piso, que no te pares, que no me dejes, que te agarres del ruedo de mi falda, te lo repito callada mientras nublo los ojos, los dos ojos, te lo digo, tú lo sabes, me recibes como un golpe hueco, como un viento herido, como un susurro deshabitado, como un alarido enfermo, bueno tú ya sabes, te lo digo, coño, no me desanimes con esa sombra tuya, tan tuya, que se lo va comiendo todo.

a estas alturas...

si buscas bien, debajo de mi frente hay un sol. si lo buscas tú, amor de pena, amor que tanto dueles, verás que no te miento. un sol. un incendio debajo de mi frente. y esto es el amor. y esto eres tú. y esto, si tú quieres, si tú, amor violento y despiadado, caricia que se cansa, que se extingue ya de tanto repetirse, seré yo. 

en el invierno la luz se rompe temprano.
en el invierno las cosas, las hojas, las semillas, mis dos manos, se rompen un poco más temprano. 

 yo quiero que te quedes.

"yo quiero que te quedes."

lunes, 10 de octubre de 2011

Huérfanos


Sentados en el balcón. El día nos traspasa con una prisa que no entendemos. Es cierto que hoy somos más mortales que de costumbre. Es cierto que inhalamos y exhalamos, mientras vemos cómo se deshace esa nube enorme sobre nuestras cabezas.

Sentados en el balcón de tu casa. Un horizonte falso se acurruca en la soledad de los techos de las otras casas. Infinita desolación la de estos techos.

Afuera un niño llora. Afuera, los ruidos de un barrio extraño nos distraen de lo que comienza a perfilarse como una despedida. Insignificantes trazos los de tus dedos buscando mi espalda. Apocado intento el de mi cabeza buscando tu hombro. Pasmados los dos, con ese pasmo absurdo de los que no se han habituado a las mañas de un día cualquiera.

Parecía que algo se nos moría. Tardamos un poco en darnos cuenta de que no éramos nosotros. Era la calle que a esa hora olvidaba su alegría. Unas mujeres ponían sus sillas afuera. Iban todas, en extraña procesión, saludándose con los rostros cerrados y las manos cansadas. Yo sentí que todo el mundo tenía sed. Te lo dije y apareciste con un vaso de agua. No me lo tomé.

No sé qué sentí cuando vi que las palomas intentaban siestas en esos hilos negros que se atreven a cuadricular el cielo. Quizá era una pena, una pena infinita al ver esas palomas tan resignadas a su pequeña porción de soledad.

Un animal que se nos muere. Tu barrio y sus cáscaras. Un esbozo afiebrado. Los edificios y su corona de nubes. La casa del vecino cubierta por unos plásticos que hacen ruido cuando el viento arrecia. Me dijiste que te gustaba ese sonido seco, como de chiringa echada volar.

El niño de la vecina continuó con su llanto, y el libro de Andrés Caicedo nos hizo una mueca. Habíamos leído sus diarios en voz alta y estábamos francamente espantados con su carta a Patricia. Pobre Andrés, tratando de no morir, una última vez.

Dije que me tenía que ir y me fui. Bajé las escaleras sin sentir nada. Desde abajo escuché tu tarareo. Cantabas para ti. Siempre cantaste para ti. Detrás de mí el último rayo de sol se hizo flaco.

Uno casi siempre sabe qué día es el último día.

lunes, 12 de septiembre de 2011

están las voces hablando, sentadas en el sofá. hablan las voces de aquellos hombres. siempre de los hombres. y de la noche, de las blusas cortas, de los jeans bien ajustados.

los nombres y sus pequeñas tumbas, sembradas en la boca del estómago. las voces ríen, mientras yo insisto en un miedo antiguo. la ausencia del gato no se aguanta ya.

tengo que hacer algo.
otra vez es septiembre.