La piel no perdona. Ingrid se hizo su tatuaje. Me lo dijo en febrero, que eso iba. Lo del tatuaje. Estuve esperando como 5 meses para ver ese verso de Lezama atrapado en la piel de Ingrid “Y si el cuerpo como un bulto se perdiera en el orgullo reposado de su devenir.” ¿Atrapado? Quizá la atrapada sea ella. La piel no perdona. Ingrid lo sabe. Digo yo que lo sabe, pero, ¿quién sabe? Yo no se lo he preguntado. Lo intuyo. La intuyo. Ingrid es de esa gente que uno intuye. Eso, o todo esto es parte de mis prejuicios, prejuicios que uno siente como percepciones agraciadas, justas y muy inteligentes. Lo que pasa es que Ingrid es brasileña, y a mi me pasa como a todos (no se hagan) que nos creemos que ellos saben todos los secretos que guarda la piel. Y la piel no perdona. Repito.
Entonces Ingrid va y se hace un tatuaje. Yo no tengo tatuajes. No sé qué se siente, no sé del dolor, del goce, ni de nada. No sé si la piel sonrie, no sé si llora, tampoco sé por qué la gente se hace tatuajes. A mí me gustan mucho, esa no es la cuestión. La cuestión es otra que yo no sé muy bien, ni me importa aclararla ahora. El caso es que la Ingrid se hizo su tatuaje. Un tatuaje lezamaniano. Un tatuaje que comienza en la plenitud de la incertidumbre. Y eso es lo que más me gusta de este tatuaje. Intenta lo indeleble mediante el devaneo de la duda. “Y si…” Ingrid está marcada para siempre, pero es una marca que no dice, que no afirma, ni siquiera pregunta. Borra un poco y sugiere, si se quiere.
Y entonces, es el cuerpo. Es un verso acerca del cuerpo grabado en un cuerpo. Y el cuerpo es (podría ser) un bulto que se pierde, ¿pero en dónde? En su orgullo dijo Lezama, y no sólo en su orgullo, sino en un orgullo reposado que para colmo reposa en su devenir. De pinga. Eso lo dijo Lezama, y eso dice Ingrid. Porque la repetición, la cita, el cigarrillo prestado son también nuestros. Ingrid le presta con orgullo su bulto a Lezama, esperando que el devenir se cumpla cada día, todos los días.
Y esperando también que se acerque algún amante intresado en cuerpos, pieles, palabras, poesía, y quizá (pero esto no es imperativo, esto se lo dejamos a la Ingrid) que sepa quién carajo era Lezama. Ese, el cubano, José Lezama Lima.