jueves, 13 de noviembre de 2008

libélula



Ya me metí todas las letras al cuerpo. Yo ya no soy yo, somos sólo un montón de palabras caminando por la espalda. Café. Libros en orden, libros en desorden. Todo aquí está vivo. Anoche soñé con un caballo, con uno pequeño y con un unicornio bastante grande que querían subirse a mi cama. Como esos perros engreídos que se acostumbran a dormir contigo. Pensé en Habana, con la cabeza rubia en la almohada. Pero soñaba, y en el sueño tenía mucho sueño. Me pasaba la noche sacando al unicornio de la cama. Entonces desperté y vi que eran las cinco de la mañana. Miré por la ventana. Mejor dicho, miré la ventana y creí ver una libélula sobre mi computadora. Me restregué los ojos, seguía ahí. La cosa más rara. Comenzó a desaparecer delante de mis ojos. Como un recuerdo prestado borrándose. Era como si se hubiera escapado de aquel sueño, pero yo no recuerdo haber soñado con libélulas. Entonces, digo yo, puede que el unicornio de mi sueño soñara con libélulas. Puñeta. Si sólo pudiera espantar el sueño. Si sólo pudiera evitar los parpadeos que se hacen cada vez más lentos, más pesados… zzzzzz. Son estos días que se hacen largos. Es el pobre sol, lastimoso sol azul que parece como recién sacado de la tierra. Otoño manipulador. Los días son siempre niños, como un mantel muy limpio. Son todos estos libros mirándome, preguntándome, gritándome. Son estos días fríos. Son las muchas capas de ropa que me pongo.

No es nada. Son sólo mis exámenes que ya vienen. 4 días. Tengo que dejar de estudiar. La cabeza es un colador.

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